miércoles, 9 de octubre de 2013

Gilles de Rais: el héroe que se convirtió en Lucifer (II)



Viene de la primera parte.

A esas estábamos con este gabacho medio loco, que la única mujer que realmente le había interesado por su espíritu intrépido y apariencia de estar bendecida por Dios, la santa Juana de Arco, se la habían quemado los ingleses en la hoguera, acusada de brujería. Tras los improperios que dedicó a su rey por no haberla protegido ni intentado salvar, Gilles de Rais volvió a casa, fatigado tras más de una década de guerras, y profundamente defraudado con el cristianismo y con Dios. "Si lo único en lo que he creído has permitido que se lo cepillen, ahora te vas a enterar de lo que vale un peine, Jesús", debió pensar el hombre, que con ese pensamiento amartillándole en las sienes día sí día también, comenzó un largo camino de desenfreno, locura, y finalmente, descenso a un infierno terrenal, o mejor dicho, él mismo cogió el infierno con una caña de pescar, y se lo subió a la tierra.

La cosa empezó con el desprecio público que hizo sobre su mujer y su hija, a las que mandó a vivir a otro castillo de sus extensas posesiones, mientras que él y sus tormentos se atrincheraron en el castillo de Tiffauges, donde se dedicaría a hacer lo que le diera la noble gana, Además de quitarse de en medio a su mujer; su abuelo, quien había sido responsable de su educación, y por tanto, todavía autorizado a darle unos azotes, falleció en noviembre de 1432. El camino estaba libre, la puerta abierta, y Gilles se dedicó a organizar día sí día también fiestas salvajes, orgías romanas al modo de sus ídolos Calígula y Tiberio, en sus castillos, así como representaciones teatrales que adquirieron fama a nivel europeo por su tremenda ostentosidad. Era tiempo de hacer pecaminosidades durante el tiempo que se pudiese, el cual no fue mucho. De las últimas burradas que hizo este personaje fue, en 1434, costear y supervisar la representación de una obra en honor de su amada Juana: El misterio del sitio de Orleans. El gesto se convirtió en la representación más espectacular jamás vista en Europa, según los anales.


Retrato de Gilles de Rais.
Ante tamaño gasto desenfrenado y la ausencia de un gobierno americano que estableciese un techo de deuda, a Gilles de Rais le importaba tres cominos ir al cielo o al infierno, y empezó a ejercer el arte prohibida de la alquimia para intentar sacar oro, literalmente, de las piedras. Tras su interés inicial, tal fue su obsesión con los misterios de la alquimia que puso en un ala de su castillo un laboratorio que funcionaba 24 horas, en el que él mismo pasaba casi todo el día y noche sin dormir para hacer realidad su sueño de descubrir la piedra filosofal. Para ello se rodeó de una auténtica corte de alquimistas y magos de toda Europa, que poco hacían salvo convencerlo de que sus propósitos eran fundados. Lógico que un vendedor de humo juegue a confundir a su mecenas para satisfacer su necesidad monetaria.

Pero el barón de Rais, aunque ya estaba prácticamente loco de atar, seguía teniendo en su maltrecha cabeza alguna luz disponible, y al final acabó viendo que esa corte de alquimistas aduladores sólo le estaba costando una fortuna y ahí no aparecía ni piedra filosofal ni nada. ¿Solución? Despidió a la mayoría, y se quedó con unos cuantos, aquellos que tenía en más alta estima. Viendo la suerte de sus camaradas, los últimos alquimistas tenían que jugar fuerte para que no los echase a patadas a ellos tampoco. ¿Y qué hicieron? Pues lo más razonable del mundo, persuadir a Gilles de realizar un pacto con el Diablo, porque de lo contrario, jamás podría obtener el ansiado oro. Ahí fue cuando empezó el desastre total, y lo que a continuación se narrará es lo más fuerte que servidor ha escrito en su periplo por Mente Enjambre. Si alguien es sensible a las barbaridades inhumanas, le recomendaría que dejara de leer aquí.

Como decía, el enajenado señor francés se dispuso a realizar la ceremonia pertinente con el objetivo de abrazar a Satanás. Para ello se sirvieron de un joven que andaba despistado por el señorío de Rais y apresado en consecuencia, al que le hicieron todo tipo de atrocidades para invocar al Diablo: cortar las muñecas, sacar el corazón, los ojos y finalmente vaciar la sangre del cuerpo restante. No apareció Lucifer ni el oro, pero gracias al espectáculo sangriento, los alquimistas lo único que consiguieron fue desatar la pasión por la sangre y la masacre que ya había practicado Gilles de Rais en su pasado guerrero. El héroe ya no lo fue más: se había convertido en el Demonio.

Desde este punto en adelante, de Rais pasó a secuestrar niños con tácticas ruines para matarlos de las formas más crueles imaginables. Pero su ansia de maldad no conocía límites, y su sed de sangre pronto se fusionó con sus inquietudes sexuales, hasta el punto de realizar con los jóvenes auténticas orgías de sangre, tortura y violaciones en las que el terrible Gilles, ya convertido en monstruo, daba rienda suelta a su enfermiza mente: es el problema de que un señor poderoso haga lo que le venga en gana, que si está absolutamente loco y encima es un enfermo sexual, a ver quién lo para, porque sus siervos no lo hicieron, sino que encima le ayudaron a sus perversos fines.

De Rais presenciando un asesinato.
Entre 1432 y 1440, los años en los que realizó sus terribles fechorías, se calcula que desaparecieron unos 1000 niños de sus tierras, atraídos por falsas promesas que los convertirían en escuderos del señor o incluso (aún más deleznable si cabe) comida para los niños mendigos. Probablemente la anécdota más tremenda, y por serlo, no sería la única vez que lo hizo, es la siguiente: de Rais al apresar a un niño, la antesala de su sufrimiento y posterior muerte consistía en una mazmorra con ganchos sobre los que se colgaba a los zagales. Éstos, desolados, lógicamente pedían clemencia por sus vidas, lloraban como posesos de desesperación y se revolvían como fieras intentando librarse del gancho. Gilles de Rais, a veces, se acercaba a ver el sufrimiento de los chiquillos, los bajaba de su agonía tiernamente y les secaba las lágrimas. A continuación, cuando el muchacho se tranquilizaba, le cortaba el cuello por sorpresa, y extasiado por la sangre saliendo a borbotones, violaba el cadáver.

Si seguimos contando más del monstruo, entre sus principales aficiones estaba conservar las cabezas de los niños en estacas, para deleitarse con la visión de la carne muerta. Día a día se incrementaba el número de cabezas cortadas, y cuando llegaba a la decena, hacía una especie de concurso de belleza en el que votaban él y su séquito de aduladores. La cabeza ganadora se utilizaba en prácticas necrofílicas, como "premio". La pregunta que hay que hacerse es: ¿Cómo pudo este malnacido salirse con la suya durante tanto tiempo sin castigo? Pues, básicamente, porque sus vícticmas eran hijos de campesinos, y éstos eran conscientes de que el señor se había llevado a sus hijos para hacerlos sus escuderos, pero pasados los años, nunca volvían. Y claro, la gente empezaba a hacerse preguntas, pero los siervos de Gilles extorsionaban a los padres amenazándolos con la muerte o con la expulsión de sus tierras. Total, que el tiempo del terror que tenía instaurado en su castillo se prolongó durante casi una década, sin que nadie hiciese nada por detenerlo.

Pero llegó un momento en el que el obispo de Nantes empezó a investigar las desapariciones misteriosas de niños acontecidas durante los últimos años, hasta que al final, los soldados del duque de Bretaña localizaron 50 cadáveres de niños en su propiedad e inmediatamente le arrestaron. Tras un juicio infructuoso en el que se declaró inocente varias veces, finalmente su mente de loco atisbó algo de lucidez, que le permitió declararse culpable y arrepentirse de sus crímenes. Lo que dijo al jurado fue, más o menos (en versión literaria), lo siguiente: 

El barón de Rais es apresado.
‹‹Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes —niños y niñas— y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos —aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto— y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados.

Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente.

Contemplaba a aquellos que poseían hermosa cabeza y proporcionados miembros para después abrir sus cuerpos y deleitarme a la vista de sus órganos internos y muy a menudo, cuando los muchachos estaban ya muriendo, me sentaba sobre sus estómagos, y me complacía ver su agonía…

Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el Apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el Cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos.

Yo soy una de esas personas para quienes todo lo que está relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo. (…) Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla.››

Extracto de El mariscal de las tinieblas, escrito por Juan Antonio Cebrián


Y estas son las palabras sinceras de un loco asesino y violador de niños, uno de los monstruos más despreciables que la Historia haya dado sin ninguna duda, pero que por lo menos llegó a confesar, algo que muchos canallas ilustres se fueron de este mundo sin hacer. Gilles de Rais, finalmente, tras una vida de matar, de excitarse con la visión de la sangre, de vivir rodeado de muerte, de quitar la vida para seguir viviendo, para poder seguir matando, y para ir cada día volviéndose más loco, el hombre que un día fue grande de Francia, fue a la horca en octubre de 1440. Y su legado, por muy cercano que en vida de Juana de Arco fuese admirado, no tendrá nada que ver con el de ella;de las aficiones que desarrolló a su muerte, ninguna está justificada. No obstante, he aquí un personaje que vale la pena recordar, para por lo menos contemplar los límites a los que un ser humano puede llegar si se le dan los medios y circunstancias precisas.


Referencias:

- Gilles de Rais, el Mariscal de las Tinieblas, de Juan Antonio Cebrián.
- Gilles de Rais, la verdadera historia de Barba Azul, Suplemento de El mundo.

Ruinas del castillo de Tiffauges, donde Gilles de Rais ejecutó a centenares de niños.

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