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viernes, 25 de abril de 2014

Los buenos también fuman

Por Almaciguero Mayor


Dejó constancia Luis Buñuel acerca del tabaco, que aquello de echarse una copichuela en el bar, en casa, solo o en compañía, era un placer impagable, pero a condición de que como añadido tuviera su correspondiente cigarrillo, que era imposible beber sin fumar. A tanto llegaba esa indivisión de ambos placeres para don Luis (la cual comparto irremediablemente), que llegaba a identificar al tabaco con la reina inseparable de su rey el alcohol. Otros ilustres genios, como Thomas Mann, ponía en boca de sus personajes, como el Hans Castorp de La montaña mágica: "No comprendo cómo se puede vivir sin fumar... Cuando me despierto me alegra saber que podré fumar durante el día y cuando como, tengo el mismo presentimiento. Sí, puedo decir que como para fumar... Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento y si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para levantarme". Groucho Marx respondió a su esposa cuando esta le conminó a dejar su puro: "No, pero si quieres tú y yo podemos seguir siendo amigos".

Para esta gente fumar fue durante toda su vida un signo vital, un gesto que acompañaba a cada uno de sus movimentos, una forma diferente de entender las cosas. También son individuos de otra época, de otra existencia, tan finita e intrascendente como la del común de los mortales, pero indudablemente más fascinante. Al igual que ellos, en el cine de aquellos años, del Hollywood clásico, el de Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Robert Mitchum o Cary Grant, se fumaba. Y está claro que eso del fumar un cigarro detrás de otro como forma de expresión y de actuación, responde no sólo al enganche perpetuo de sus actores, ni a exigencias artísticas de directores o guionistas, sino también al hijoputismo de las tabaqueras que pagaban a las productoras cifras exhorbitadas en ocasiones para que los protagonistas, los héroes a los que todo el mundo quería imitar, se dedicasen a expulsar el humo de su marca de cigarrillos. Para que el espectador medio, como ser humano e imitador de todas las actitudes que es, al salir del cine, vaya corriendo a consumir el tabaco de la marca de turno, de la manera en que a un ateo se le apareciese la Santísima Trinidad.

Por eso cuando a finales de siglo XX la gente se dio cuenta que los cánceres esos que se llamaban del fumar en otros tiempos, que asfixiaban a sus portadores en lo que tiene que ser de las muertes más angustiosas, de repente eran malos y había que erradicarlos de la sociedad. Así, se pasó drásticamente del héroe fumador, silencioso y trágico, al malo de la película, único fumador del lugar, que por ello debía pagar sus pecados. Es decir, el hecho de fumar se asoció al malvado, el cigarro se quitó de la boca al personaje que nos caía bien, para pasar a ser la herramienta más pura de la maldad. Ya no habría más fumadores honrados, o que simplemente fueran buena gente. Sólo, en ocasiones, personajes tremendamente atormentados y autodestructivos. Si no véase el ejemplo de un actor que lleva ya años sin deslumbrar con su arte, Edward Norton, que en muchas ocasiones ha declarado su aversión por el tabaco y lo que representa, que sólo ha fumado cuando su personaje era malo o hacía cosas malas.

Por mi parte, siempre asociaré el tabaco en el cine a los actores que más amo, a las situaciones que más me identifican, como forma de entender la vida, como espejo en el que mirarme: Scarlett Johansson y Bill Murray fumando cigarrillos y puros, respectivamente, estando juntos o en soledad, en Lost in traslation, Jack Lemmon en El apartamento mientras se pone a empinar el codo en la Nochebuena más triste, cuando sabe que nunca conseguirá a la persona amada, que siempre estará solo, el crío Léolo mientras mira con horror cómo uno de sus amigos viola a un gato en Léolo, Tony Leung en las largas pausas que hay en la vida mientras te enamoras irremediablemente en Deseando Amar, Frank, el hermano de Clemenza, fumando por última vez un puro, despidiéndose de la vida porque sabe que la traición tiene un precio, como en las legiones romanas, en El padrino II. Hablo de esto con la nostalgia propia de las cosas perdidas, como algo que no se podrá recuperar, pero en los últimos tiempos hay motivos para no perder la esperanza, todavía hay gente a la que apreciamos cuando estamos en un cine, y que fuman. Me ocurrió con el Jep Gambardella, hipnótico fumador empedernido en La gran belleza, con el fatalista y cínico Rust de True Detective, con Adèle en La vida de Adèle, con el solitario Niko en Oh boy. Son personajes con los que te pasarías horas y horas, que son uno de los nuestros.

viernes, 18 de abril de 2014

¿Memoria histórica? No, gracias

Por Almaciguero Mayor.


Según los Evangelios, Jesús le dijo proféticamente al apóstol Pedro que antes de que cantase el gallo, tres veces le negaría, a lo que este respondió incrédulo que eso nunca pasaría. Efectivamente sí pasó, y del mismo modo, ha ocurrido con el mundo del cine documental, que hasta tres veces se nos ha negado el estreno de películas a los que no vivimos en las grandes urbes que son Madrid y Barcelona. Está claro que los que se dedican a esto, o sea, los exhibidores, buscan programar en sus cines las películas que más conecten con el gran público, con las que sepan que vayan a hacer taquillazo para nutrir sus necesitados bolsillos y poder admirar con el símbolo del dólar (o del euro) en los ojos a los drogadictos devoradores de palomitas o de refrescos que se dejan la pasta para satisfacer sus ansias de molestar al espectador vecino.

Es por eso que algunas películas, que no tienen por qué ser mejores, están condenadas a pases marginales en horas intempestivas para el sufrido cinéfilo, o en otros casos, como en el nos ocupa, directamente nos tendremos que conformar con la larga espera a que las saquen en deuvedé, salvo que practiquemos un éxodo a tierras madrileñas o catalanas. O, por qué no decirlo, ejercer de corsarios de la cultura y piratearlas, porque no queda otra. Miento, en algunos náufragos casos igual podemos contar con la vana esperanza de que la filmoteca local adquiera la película por su interés, pudiendo con ello permitir a la plebe su visionado con un cierto retraso de su estreno en las salas. Pero este tipo de iniciativas admirables sólo te da la certeza de que agarrarse a los clavos ardiendo no es bueno para calmar el ánimo del espíritu.

El aclamadísimo documental titulado The act of killing que recientemente recibió el Oscar a mejor documental, y que cuenta desde el punto de vista de los ejecutores las terribles matanzas de comunistas (en estos casos presunción y culpabilidad van de la mano) que acontecieron en los 60 en Indonesia. La imagen perdida, nominado al Oscar a mejor película extranjera, habla del horror que supone estar esclavizado por el régimen comunista de Camboya en los 70, de cómo esos bárbaros que en nombre de la revolución se cobraron las vidas que les vino en gana asolaron una nación. En El último de los injustos, el realizador Claud Lanzsmann recopila una serie de entrevistas al que fuera último presidente del Consejo Judío del campo de concentración de Theresienstadt, aquel lugar que se tomó como el mejor ejemplo de que un gueto ideal en la Alemania nazi era posible. Fue presentado en el festival de Cannes.

Dos películas con presencia en los Oscar y una con la firma de Lanzsmann no son cosas tan marcianas como para sacarlas de su hábitat natural, la sala oscura. Pero igual en la España que nos ha tocado vivir, documentos que hablan de temas tan espinosos como la memoria histórica no interesa, por lo menos, darles publicidad, aunque sean de otros países y hablen de genocidios. Rebuscar en la Historia para conocer mejor nuestro pasado siempre ha interesado a unos o a otros para defender sus causas, porque en la España de hoy (y la de ayer) siempre estamos enfrentados. Progres fachas, no hay término medio. Aquí si perteneces al primer grupo, tienes que pensar que la República fue la democracia idílica, la Arcadia, en la que las revoluciones mineras, la ocupación de Casas Viejas y el tiro a la barriga o los asesinatos por la calle nunca ocurrieron. Si eres de los segundos, que ahora se llaman a sí mismos liberales, tienes que abogar por la Constitución, la unidad de España y la democracia, de la que eres un acérrimo defensor. Pero en tu mente retorcida tienes que pensar que la República nunca fue democrática, sólo un golpismo encubierto, y defender a Franco de los que digan que era un dictador. Tienes que pensar como Mayor Oreja, que con el caudillo se vivió muy plácidamente y que no hay que condenar en ningún caso el franquismo.

Así somos en España, por supuesto defendiendo tus argumentos con el arma fundamental que es gritar más fuerte que el de enfrente, porque así llevas razón. Tenemos un tremendo problema de asimilar nuestro pasado, motor imprescindible para mirar al futuro, y las viejas rencillas y heridas nunca se van a subsanar. Porque por mucho que los del PP se empeñen en decir que lo de la memoria histórica son ideas demoníacas zapateriles y que de la Guerra Civil no hay que hablar más, es cuanto menos inpresentable que esta gente defienda estas ideas cuando hay todavía sin encontrar, enterrados en cualquier cuneta, los huesos de 130.000 personas. Somos los segundos en esta triste liga, tras Camboya, lo que dice muy poco a favor de nuestro país. Y si uno escucha a Rafael Hernando, portavoz adjunto en el Congreso del PP decir lindezas como "hay más de uno que se ha acordado de su padre o de su madre para coger la subvención", refiriéndose a todo esto, a uno le dan ganas de apropiarse los versos de Leo Ferré: "soy de otro país que el vuestro".

En este discurso uno no puede evitar acordarse de las víctimas de ETA, a las que diversos grupos políticos han abrazado como si fueran sus hijos, para que les lloren en el hombro, utilizándolas incluso como armas arrojadizas, manteniendo viva la llama de su dolor, por meros intereses políticos. Fue lamentable ver a la plana mayor del Partido Popular encabezando la manifestación a favor de la doctrina Parot, protestando porque los tribunales europeos la hubieran derogado, donde se dijeron memeces como que los socialistas eran malvados por no estar con las víctimas, en contra de Europa. Qué héroe trágico y abanderado de las causas perdidas que es el tal Rajoy, pidiendo que vuelva una doctrina claramente contraria a la Constitución que tanto defiende. Para unas víctimas tanto, para otras, las que sólo piden poder localizar los huesos de sus seres queridos, nada. Y la gran masa de millones de españoles sigue depositando el voto para los demagogos que dicen habernos sacado del hoyo. Da pavor.

Fernández-Díaz y Gallardón con las representantes de la AVT

viernes, 11 de abril de 2014

"La Vinacoteca" 2 Programa (Escuelas Económicas)

 [PODCAST]

Nuevo logo de la Vinacoteca creado por Adrián Sánchez y Javier Arnedo e ilustrado por Sara García Sainz-Marín
Os presentamos el segundo podcast de la VINACOTECA que fue grabado hace más de un mes y que presentamos ahora. Por desgracia fuimos víctimas del Ragnarok, algo de lo que hablamos en el programa, y fruto del caos y del desorden humano este trabajo ha sido publicado.

TEMAS:

  • Hablamos sobre las escuelas económicas que han dominado los estados desde nuestra historia reciente hasta la actualidad: Capitalismo, comunismo, capitalismo más liberal, capitalismo menos liberal, socialismo más comunista, socialismo menos comunista... Lo vais a entender.
  • Os contamos curiosidades que van desde magnates del petróleo jugando al monopoli, pasando por apocalipsis vikingos con lobos que comen lunas hasta penes "pequeños" llevados a la "gran" pantalla (esto último es claramente para que parezcan más grandes)
     
  • Escucharéis música que versa sobre las bondades y miserias de capitalismos y comunismos y sus estratos sociales.


jueves, 3 de abril de 2014

Vuelve la excelencia (True Detective, primera temporada)

Por Almaciguero Mayor.


[NOTA: este artículo NO contiene spoilers]

En los albores del nuevo siglo, la cadena televisiva HBO se propuso cambiar las reglas de las series de televisión para marcar una época y vaya si lo hizo. De entre las múltiples series de enorme calidad que nos ha brindado desde entonces, destaca el tridente de oro, los partícipes del podio, las series a batir de esta bendición norteamericana, que se llaman The Wire, Los Soprano y Deadwood. El orden que se les quiera poner es lo de menos, lo principal de ellas es su esencia de gran cine, la impronta que deja al espectador, encadenado a ellas desde el primer episodio y con una enfermedad incurable que consiste en devorar todos y cada uno de los capítulos que las forman para después echarse a llorar, consciente de haber vivido la grandísima satisfacción que otorga asistir al mejor cine. Guionistas, directores, actores, diseño de producción, ambientación, todo funciona a las mil maravillas para gozo del alucinado espectador. Seguramente sea demasiado pronto para poner a True Detective en esta ilustre familia de tres, pues sólo una temporada no basta para dejar una huella imborrable. O sí.

Porque, damas y caballeros, HBO lo ha vuelto a hacer. Cuando parecía que, a pesar de tener en pantalla series muy buenas como Juego de Tronos y Boardwalk Empire, no salía un proyecto marca de la casa dispuesto a revolucionar la televisión una vez más, se vuelcan con una cosita llamada True Detective, que responde a los principios de la cadena: echar los restos con una idea si esta rezuma calidad, si parece algo que se venda (o debería venderse) solo. Pero como siempre, trabajando de espaldas al público. El creador, Nic Pizzolatto, que hasta que llegué a esta serie, era totalmente desconocido para mí, propuso una idea atípica: encargarse él de los guiones de los ocho capítulos que conformarían la primera temporada, contratar un único director para los mismos, y dos actores conocidos. Director, Cary Fukunaga, actores Matthew McConaughey y Woody Harrelson. Con ese equipo se cerraría la temporada, y si el público respondía favorablemente, para la segunda temporada habría otra historia y nueva gente implicada en ella. O sea, este tío propuso hacer una película de ocho horas, HBO arriesgó. Y ha ganado.

Por mi parte, el subidón al conocer que la nueva serie de mi amada cadena iba a tener este formato tan novedoso, fue tremendo. Desde que se hizo oficial, me he pasado un año mordiéndome las uñas deseando que estuviesen todos los capítulos disponibles para su visionado (no soporto la agonía semanal de seguir una serie). O sea, que mis expectativas eran poco menos que altísimas, pero como felizmente ha pasado, han sido cumplidas. Mi sensación al ver cada uno de los capítulos de True Detective es la de estar asistiendo a algo único, de una calidad casi imposible de encontrar actualmente, salvo excepciones contadas, en una sala de cine, y que por supuesto te remite a los años dorados de HBO.

La historia que nos plantea True Detective es la de dos detectives que trabajan el caso de un asesino en serie relacionado con temas de sectas eclesiásticas, en la tenebrosa Louisiana de mediados de los noventa, un lugar en el que sus peculiares gentes e intrincadas marismas pueden hacerte pasar un mal trago. Ambos seguirán la pista del misterioso asesino en dos tramas paralelas, una que abarca desde 1995 hasta 2002 y otra que, echando cuentas por lo que dicen, está ambientada en 2012.

El punto de partida, cuando los protagonistas de todo esto reciben el caso, vemos cómo en un árbol en medio de una carretera alejada de la mano de Dios, hay apoyada una joven, totalmente desnuda, rodeada de símbolos extraños y con una corona de cuernos de alce en su cabeza. Imposible no acordarse viendo estas imágenes de la fenomenal serie Twin Peaks, de David Lynch, pionera en lo de hacer televisión de calidad, porque al igual que esta, True Detective tiene una atmósfera muy particular, un tono entre oscuro e inquietante que es absolutamente fascinante, amén de comenzar con el asesinato de una joven.

Pero si hablamos de referencias, la número dos sería la magistral película de David Fincher Seven, de la que True Detective absorbe mucho y muy bien, aparte de la idea de un asesino que no se sabe muy bien qué pretende y que desconcierta, la presencia imponente de dos actorazos a la altura de los personajes que interpretan. Por un lado tenemos a Marty, un tipo que aparenta ser el típico poli americano, padre de familia responsable y cumplidor con su trabajo, pero que oculta unos cuantos secretos que cree llevar bien controlados y que serán importantes en su evolución. Por otro a Rust, un tipo que la vida ha puesto en lo que se le da bien, investigar casos obsesivamente, con un don fuera de lo normal, pero que destaca por su faceta cinica y fatalista sobre el estado de las cosas. Si Marty es el mejor Woody Harrelson que hemos visto, Rust es llevado a la pantalla con chulería, nervio y pausa a la vez por este tío que nos está sorprendiendo a todos en los últimos años: Matthew McConaughey. Dos actores que están al mejor nivel interpretativo de los últimos tiempos, tanto en cine como en televisión, por lo que se me antoja complicado que vayan a encontrar una pareja de altura para la segunda temporada.

Ambos llevan la batuta de la serie, que si bien nos muestra un caso muy intrigante y que sólo a un mono ciego y con la rabia no interesaría, lo realmente imprescindible de True Detective es el arco narrativo que desarrolla con sus personajes. Ver cómo interactúan entre ellos con el paso de los 17 años que abarca la serie, los miedos de uno y escepticismos de otro que se van entrecruzando, es lo que me hace aventurarme para decir que la historia de estos dos se va a hacer inolvidable con el paso de los años, y claro está, que es de lo mejor que he visto a nivel de relaciones humanas en una pantalla. La camaradería, el conflicto, las conversaciones impagables, son muchos los momentos que van a perdurar en la memoria colectiva, a pesar de lo que algunos digan. Por lo visto el hype que ha generado la serie semana a semana ha sido tan acojonante, así como la expectación que han generado las diversas pistas que el guionista ha ido dejando, que al final, para unos cuantos, el final ha sido bastante olvidable. No es mi caso, creo que el final es un buen cierre, de los más acertados que he visto, gran broche a una temporada que nos deja un listón difícil de superar. Habrá que confiar en Nic Pizzolatto, igual que hace HBO, pero igualmente True Detective es un producto que sólo con 8 capítulos ha dejado marca . Lo demás da igual.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Finales

 Por Almaciguero Mayor.


En 1966, uno de los mitos del cine mudo, y del cine en general, Buster Keaton, falleció. Acabó su vida justo al contrario que su exitosa carrera en los años mozos, jodido de dinero y de amistades. Porque este mágico creador de historias y formas, amén de un señor que proveía sonrisas y carcajadas al ávido espectador, fue un individuo endiabladamente divertido y vitalista. Pero fue llegar el cine sonoro y a diferencia de su colega Chaplin, que mantuvo parte de su frescura con los nuevos avances, para él supuso el ocaso de una vida, el abandono, el horror. La gente dejó de quererle, el mundo dejó de reírle las gracias. Pero el día que la muerte vino a visitarle, cuentan que quienes le rodeaban dijeron: "es curioso que todos los que se van a morir tienen los pies fríos" y él, agonizando antes de cerrar los ojos para siempre, comentó: "sí, todos menos Juana de Arco". No sé si será cierto, o una fantasía más acerca de Keaton, pero no se me ocurre mejor final para un genio de ese calibre. Igual que Lubitsch, que murió fornicando con una prostituta. O John Ford, que en sus últimos meses, ya con cáncer, acudió a la llamada de su colega George Cukor para reunirse con, entre otros, Billy Wilder, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock, gente así. El acontecimiento quedó reflejado en la foto que pongo arriba, en la que hay un hueco para un John Ford que, convaleciente, se tuvo que marchar antes de tiempo, a lo que Luis Buñuel repuso: "Este se nos va ". O sea, el fin de otro genio estaba siendo anunciado a gritos.

Refiriéndome a esta gente, los auténticos genios, los que no sólo son capaces de contar magnéticamente las mejores historias, sean escritas por ellos o por otros, dándonos a los confiados espectadores la seguridad de que viendo una película, nuestro tiempo, sagrado él, no sea tirado a la basura (que gustase, más o menos, pero que gustase), sino que, muchas veces, donde más se estrujan el cerebro, donde su estado de gracia es más palpable es, precisamente, dándole el toque de gracia a sus criaturas. Echar el telón a la función más genial, poner el broche de oro, rematar la faena cinematográfica es un arte en sí. Cuántas veces habrá sentido el buen cinéfilo , viendo una de sus películas favoritas, o descubriéndola, en su más pura esencia, es decir, en la pantalla grande, con la sala a oscuras, en versión original y con subtítulos en caso de requerirlos, sienta como aquello se va acabando, cómo el final se acerca, y tras él toca volver a la triste realidad. Por eso las mejores películas suelen tener finales inmejorables, de esos que te quitan el hipo, que te dejan con una sonrisa de tonto, que te emocionan. Sus responsables saben mejor que nadie lo que necesitan sus creaciones, y por supuesto, que el espectador, cuando se clausure la fiesta, no se sienta estafado, sino agradecido.

Es aquí donde el gran cine se diferencia de las series de televisión, primeramente, porque si uno piensa en la cantidad de horas que utiliza una serie en llevar las tramas, es bastante comprensible, pero sobre todo muy fácil, que el negocio se vaya de las manos a los que tienen que cerrarlo. Terminar una serie satisfactoriamente para todos los espectadores, es algo casi imposible. Otro aspecto frecuente es que una película depende exclusivamente de la pasta que te quiera dar la productora y de la promoción que se le otorgue. Luego ya los espectadores decidimos si hay que gastarse o no el dinero en verla, pero una vez se pone en el mercado ahí se queda. Con una serie es bastante diferente, ya que si en sus primeros capítulos la audiencia no respalda el proyecto, la cadena que la emite la puede cancelar casi inmediatamente, lo cual si nos atenemos al mejor cine que se ha hecho en televisión, o sea el de la HBO, no suele ocurrir, porque es una cadena de pago que trabaja de espaldas al público, hechp que se ha convertido para muchos de nosotros en religión. Sigue el lema que decía David Simon cuando parió The Wire: "que se joda el espectador medio". No obstante, el dolor que provoca rememorar los finales de Carnivale, Deadwood o Roma, canceladas por la falta de audiencia y los grandes presupuestos que manejaban , fastidia mucho. Pero a la vez hay que agradecer a esta gente que nos hayan ofrecido los mejores westerns, peplums y cine de terror de los últimos años.

En cualquier caso, afrontar un final, como en la vida, no tiene por qué ser algo malo ni mucho menos definitivo. Es muy doloroso que acabe una serie, y más si lo hace como tú no quieres que acabe, porque tu recién adquirida orfandad no encontrará padres adoptivos que merezcan la pena. O eso nos pensamos siempre. Lo normal es que existan cosas como mínimo tan buenas como lo que acabamos de ver, y en caso xontrario, lo bueno que tiene lo audiovisual, igual que la música, la pintura, los libros, es que puede que sus autores mueran, pero sus obras son inmortales, podemos recurrir a ellas siempre que nos plazca, y los finales serán una parte más, porque sin muerte no hay vida, sin final no hay principio. Rememorar las películas o series que más me han impresionado, que me han dejado una huella imborrable y me acompañarán siempre, es como rememorar la esencia de las mismas y todo lo que conllevan. 

Hablando de los autores que refería al principio, auténticos maestros, en el caso de John Ford, de sus películas icónicas el final más comentado y alabado por la crítica de siempre es el de Centauros del desierto, el lirismo de esa puerta que se cierra y que al principio de la película se abría. Es de una maestría que sobrecoge, pero su autor siempre pasó de las alabanzas de los críticos: "Solo son puertas abriéndose y cerrándose, no sé lo que dice esta gente" (esto no es literal, pero imagino a este señor pronunciar tales palabras). A la hora de contar finales (y cine en general), creo que no conozco a mejor artista de los diálogos que Billy Wilder, señor que tiene un puñado de películas perfectas, y tres que tienen un cierre incomparable, único en su especie. Son El crepúsculo de los dioses, Con faldas y a lo loco y El apartamento. Quien no las haya visto, no sé que a está esperando. Ver estas películas en un cine, a ser posible en sesión continua, tiene que ser algo cercano a esa idea tan etérea que llaman felicidad.

miércoles, 12 de marzo de 2014

5 películas españolas que hincaron la uña en la España franquista

Por Almaciguero Mayor

En 1936 comienza el horror en España, y un millón de muertos después, finaliza para desgracia de algunos y consuelo de una mayoría que no quiere soportar más bombardeos, hambre y saqueos. Los fusilamientos y castigos de los vencedores sobre los vencidos vendrán después, para dejar al país polarizado hasta hoy en día, por supuesto con carroñeros que alimentan con bravatas y discursos onanistas esta división, a condición, claro está, de que sus libros de humo sean vendidos y sus grandes y falsarias teorías nunca puestas en entredicho. A estos defensores de las causas indefendibles les importa un pimiento la realidad, lo crudo y jodido que es un país dividido por una guerra. Ellos siempre querrán que eso esté ahí, para distinguir a los buenos de los malos.

Pero dejándonos de análisis tan estériles como mil veces leídos, escuchados y sobre todo, sufrido, hablo de la Guerra Civil porque su consecuencia inmediata, o sea, la dictadura franquista, es el propósito de estas líneas. Más concretamente su relación con el cine. Porque, a pesar de que Franco fue un gran fan, o más bien, consumidor de cine (según cuentan veía en proyecciones privadas en su residencia a razón de tres por semana, rodeado de familiares, amigos e idólatras), lo cierto es que la censura capó un buen puñado de escenas de películas, o el infame doblaje fue utilizado con el fin de ocultar lo que en realidad decían los intérpretes. Por ejemplo, en España no supimos hasta 1983, que Bogart en Casablanca había luchado en el bando republicano, de ahí el aura de ángel alistado en las causas perdidas que rodea este personaje inolvidable. Pero en España sólo supimos que luchó contra los alemanes. Por supuesto, miles de besos o escenas en las que se enseñaba alguna pierna más de la cuenta fueron prohibidas, además de un montón de películas cuyo mensaje o forma de expresarlo no era contemplado por el régimen.

Sin embargo, hay unas cuantas películas que, como el jamón de pata negra, fueron producto nacional durante esos años, y que, bien por la inutilidad de los censores (o algunos recortes de film mediante), o por su escasa repercusión, se pudieron emitir en los cines, a pesar de su contenido altamente contrario a la sociedad española de la época. Salvo Viridiana, claro.

Viridiana (1960)


En 1960 llegó el escándalo con Viridiana. La película que hizo Luis Buñuel a petición de Franco, en España, fue toda una provocación hacia los principios de la sociedad de la época. Se nos presenta a una joven monja que si por ella fuera no saldría nunca del convento, pero acude a la llamada de su tío, un señorito terrateniente, que obsesionado con ella, la droga con propósitos sexuales. A lo largo de la película vemos continuamente alusiones al sexo, así como frases incendiarias como: "Para vivir con una mujer, no necesito que nadie me dé la bendición". Coronas de espinas y crucifijos en hogueras terminan por desatar el cóctel subversivo, pero Viridiana no acaba ahí, es además un retrato mordaz y certero de la inutilidad de la caridad, del dar a quien no tiene por lástima. Como no podía ser de otra manera, la película, ganadora de la Palma de Oro en Cannes, donde un representante del gobierno de Franco recibió orgulloso el premio, poco después fue censurada, hasta el fin de los tiempos del franquismo.

El verdugo (1963)


El realizador valenciano Berlanga, aliado con el guionista Rafael Azcona, nos trajeron algunas de las mejores películas españolas de la Historia, si acaso de las mejores comedias de la Historia del cine universal. Haciendo uso de un lenguaje inmejorable, nos traslada con una gracia, una mala leche y un tono únicos, la desgracia de un hombre que se ve obligado a trabajar de verdugo por liarse con la hija de un practicante de tales artes y obligado por el mismo. Es extraño como poco que se permitiese ver una película en la que se habla con tremenda acidez del oficio de quitar vidas por encargo del Estado, como pena máxima de delito, ya que el régimen franquista no dudaba en utilizarla cuando le era mester. Para callar bocas. Pero no sólo eso, El verdugo es un alegato contra la pena de muerte que vale para la España franquista, la Estados Unidos de Obama o el tan querido paraíso de la democracia suiza. Su final, con los guardias civiles llevando a rastras al nuevo verdugo, es tan genial como estremecedor. Es una obra de arte inmortal, de visionado obligatorio para todo amante del gran cine.

Plácido (1961)


Pero si hablamos de las múltiples alianzas entre Berlanga y Azcona, no podemos dejar de lado la que para mí es la mejor película española, teniendo en cuenta que hablo de lo que he visto, sin ser poseedor de la verdad absoluta. Quizá con todavía más mordacidad y mala hostia que en El verdugo, Plácido nos traslada al día de Nochebuena más loco que uno pueda ver en una pantalla. Plácido es el poseedor de un motocarro, pero todavía no en propiedad, por lo que debe pagarle la letra correspondiente al banco, justo el día de Nochebuena. Como lo necesita para un desfile que se organiza con motivo del advenimiento de Cristo, no para de perseguir al organizador para que le pague lo adeudado. Además, el susodicho desfile se realiza para una campaña tan hipócrita como detestable llamada "ponga un pobre en su mesa", para que se vea la buena disposición de los señoritos en el día del Señor. El culmen de esta hipocresía generalizada se encuentra cuando a uno de los pobres le da un infarto y, en vez de darle tranquilidad mientras está muriendo, todos los ricos, al enterarse de que vivía en pecado con otra pobre, deciden casarlos a otra prisa. Y cuando la señora quede viuda, pues a lavarnos las manos, que ese mendigo está con Dios, que es lo que importa. Otra comedia de Berlanga imprescindible.

Nueve cartas a Berta (1965)


El primer largometraje de Basilio Martín Patino es una historia tan curiosa como melancólica. Trata de la vida de un joven estudiante de Derecho salmantino, que tras pasar un año en el Londres de los 50 en compañía de una novia insustituible, hija de un profesor republicano exiliado, debe volver a su Salamanca de toda la vida. El retrato que hace esta película de la Salamanca (que podría ser cualquier ciudad) anclada en el mismo punto desde dios sabe cuántos años, es tan asfixiante como finalmente deprimente. Asistimos acompañados por las nueve cartas a Berta contadas por la voz en off del protagonista a sus miedos, sus anhelos y sus sensaciones, sobre todo la de que va a estar atado ahí de por vida, formando parte del paisaje, como sus padres, como sus abuelos, como todos. El gozoso esplendor en la hierba tenía fecha de caducidad, e ignorante de ello, se lleva un chasco doloroso y muy amargo. Es una película jodida, que nos habla de cosas tan reales como la idea que nos formamos siendo estudiantes de nosotros mismos, de lo que va a ser la vida , y lo que luego es la puta realidad. Una mierda, vamos.

El espíritu de la colmena (1973)


En los últimos años del franquismo llegó esta película tan singular, tan preciosa, tan hipnótica. A través de la mirada de la niña Ana Torrent, Víctor Erice nos trae las consecuencias que la guerra ha tenido un pueblecito, el cómo ha afectado a la vida de la gente que antes era libre, y ahora está destinada a la rutina, al andar sin pensar, a no mirar lo que tienes al lado sino el bendito trabajo que tienes por delante. Como una colmena de abejas, ese es el pueblo de Ana, y la España de la posguerra según Víctor Erice. Pero por fortuna, no todo está perdido, siempre hay gente que cree en los sueños, que mira más allá de las cosas, a pesar de que el resto se empeñen en pisotearlos. O por lo menos así lo ve ella, y nosotros con ella. Dentro de la colmena, del rebaño de ovejas, siempre hay alguna que se plantea las cosas, y gracias a ellas el mundo todavía es un lugar en el que hay cabida para la buena gente, la que no quiere imponerse por la fuerza. Esta película es poesía pura, un canto a la libertad de pensamiento, y sobre todo, un gozo de ver.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Aún hay luz en el país de las tinieblas (pronósticos Oscar 2014)

Por Almaciguero Mayor


Recuerda Luis Buñuel en sus lúcidas e impagables memorias que en un encuentro que tuvo con el famoso director de Hollywood Nicholas Ray, el creador de clásicos como Johnny Guitar y 55 días en Pekín, este le manifestó su inmensa adoración, no solo por su habilidad y genialidad en el arte de dirigir cine, sino especialmente por su capacidad de mantenerse alejado de las grandes industrias, que bajo ningún concepto dejarían que las brillantes ideas que pululaban por esa mente maravillosa fueran trasladadas a la gran pantalla sin censurar. Por supuesto, Buñuel disponía de cuatro reales para elaborar su cine, así que cuando invitó al afamado director a realizar sus mismas y precarias prácticas, este le dijo que recortar en sus grandes producciones en aras de dar rienda suelta a su inventiva sería entrar en decadencia, caer en desgracia a ojos de las productoras, de manera que estaba atrapado en una industria que le obligaba a gastar el mismo dinero o más en cada película, aunque solo fuese para sobrevivir en ella.

Por eso, con esta realidad tan devastadora, impulsora del gastar porque sí en el Hollywood de los 50 y 60 (o el de siempre), es de recibo pensar que las cosas en el mundo de las ideas cinematográficas al otro lado del charco no estén en la actualidad atravesando su mejor momento, que esto, lógicamente, ha ido a mucho más. Sin embargo, invita a la reflexión que hoy día la producción sistemática de adaptaciones de novelas estúpidas, pero sobre todo las inagotables secuelas, precuelas y requetecuelas de superhéroes y demás es una constante en el cine comercial, que estos sean los productos más consumidos por el público, y antes lo fueran obras eternas como Casablanca, El apartamento o El Padrino.

Pero a pesar del desolador panorama que nos está tocando vivir, todavía siguen existiendo directores que ponen su arte a disposición de historias que les atraen magnéticamente, que identifican con su forma de entender el cine o que ellos mismos escriben, amén de guionistas con imaginación y productores con olfato que entienden que aunque esto sea un negocio, no solo de espectos especiales vive el espectador medio. Este año, tenía poca o ninguna esperanza de que las películas que más me gustan cuando son buenas, o sea, las norteamericanas, tuvieran una representación de altura en la gala de los Oscar, visto lo visto el año pasado, donde excepto Django desencadenado, La noche más oscura y la sorpresiva inclusión de la película de Haneke Amor, el panorama dejaba bastante que desear. Pero para esta edición, película tras película, he podido constatar que hay brotes verdes, que no todo está perdido como dicen algunos, incluido yo mismo en ataques de apocalipsis mental. 

Me ha gustado mucho la bonita, entrañable y graciosa Nebraska, con aire nostálgico y excelentes interpretaciones. He gozado como un enano (por frívolo que parezca) viendo el retrato tan bárbaro que ha realizado Scorsese sobre el mundo del capitalismo salvaje y del engaño en El lobo de Wall Street. A pesar de mis reticencias iniciales, tengo que rendirme al amor cibernético y triste, al retrato de la soledad y a la hondura de Her. Con Dallas Buyers Club asisto impresionado a una historia que aterra y turba el ánimo al principio, y más tarde hace que aplaudas a sus protagonistas, que se enfrentan a lo establecido y a los bastardos que siempre lo organizan todo para quedar impunes. Philomena huye de la sensiblería para apelar a los sentimientos del espectador, conmoviendo y haciendo reír a partes iguales. Capitán Philips tiene momentos tensos y espectaculares de primer nivel, con un estilo muy realista. Puede agotar la horterada que ha montado David O. Russell en La gran estafa americana, que sin ser gran cosa, cumple con su función de entretener. Pero sobre todo, me fascina, me atrapa y me deja pegado a la butaca esa maravilla que es Gravity, la Odisea espacial que se ha inventado Alfonso Cuarón, en la que un Ulises femenino quiere regresar a Ítaca aunque no esté esperándole la bella Penélope. Esta sería mi favorita, pero estoy convencido de que va a ganar el duro relato (y un tanto maniqueo) que hace Steve McQueen de la esclavitud en 12 años de esclavitud, director del que algunos esperábamos más. Por aquello de que es una historia de estas que gustan en Hollywood, sobre todo para que los académicos se sientan bien consigo mismos.

En cuanto al resto de categorías principales, yo me decantaría por mejor director al responsable de Gravity, el mexicano Alfonso Cuarón, que hace un ejercicio de cine muy brillante y nos da la sensación más real que el cine haya visto de estar en el espacio. Tampoco me importaría que ganaran Martin Scorsese o Alexander Payne, quienes hacen, cada uno en su estilo, películas admirables. Respecto a las actuaciones, este año ha habido, en general, bastante calidad. A pesar de que Matthew McConaghey está increíble en su papel de un hombre aquejado de SIDA, me quedo con Leonardo DiCaprio, que con su continuo frenesí interpretativo te contagia el desfase y colocón que ese tipo vivió, además de pasártelo muy bien viéndolo en pantalla. En cuanto a los escuderos masculinos, siendo los que más me gustan Michael Fassbender y Jonah Hill, me voy a quedar con el primero, por dar vida admirablemente a un monstruo esclavista. Para las categorías femeninas, me parece que aunque los grandes elogios de la crítica y los premios la avalan, Cate Blanchett no está tan bien como dicen, o por lo menos, no tan bien como la mejor actriz del mundo, Meryl Streep, que vuelve a comerse su papel en Agosto, donde da vida a una anciana peleada con su familia y adicta a las pastillas. Abordando a las actrices secundarias, la que más me ha gustado a mí es June Squibb, que está casi mejor que Bruce Dern (que ya es decir) en Nebraska, interpretando a una mujer también anciana, autoritaria y graciosa.

De todas formas, si uno quiere ver el mejor cine que va a ir a la gala, lo suyo es echarle un vistazo a las películas de habla no inglesa, donde está esa hipnótica y poética maravilla que es La gran belleza, una película imprescindible de este año (pasado), que a pesar de que gente muy culta y preparada como Javier Marías diga que es una mierda, para mí es de las mejores cosas que le han ocurrido al cine en el último año. Pero, mire uno lo que mire, sí que está claro que la cosecha este año no se ha quedado mustia, aún quedan algunos califas en Al-Andalus, los mejores directores del cine norteamericano (salvo alguno) han acudido a la cita, para beneficio del agradecido espectador. Otra historia será que estas películas ganen en taquilla a Los juegos del hambre o Iron Man, o que superen en calidad a algunas películas europeas. Pero, por lo menos de momento, tampoco le pidamos peras al olmo.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Unos Goya para ver con los ojos cerrados (salvo el final y alguna cosa)

Por Almaciguero Mayor


Un español medio llega a su casa un domingo, después de estar todo el día vagando por las calles de su hábitat natural, ya sea un pueblo o la urbe. Su situación al llegar, en el mejor de los casos, es la de aquellos antaño pobretones mileuristas, hoy día envidiados, por lo que sabe que, mientras se mate a trabajar como los siete enanitos de Blancanieves juntos, todavía habrá un atisbo de esperanza para él y los suyos. En el peor y dramático, su situación será la que poco a poco se está estableciendo peligrosamente en habitual, la del parado. Por tanto, el español medio, esté disfrutando de su día libre o sufriendo uno más de monotonía sin ver los puñeteros brotes verdes, lo último que se plantea un domingo de 2014 por la noche es tragarse la gala de los Premios Goya. No tiene bastante con soportar su desgraciada existencia que ver a la panda de siempre regalarse unos premios a sí mismos.

En mi caso, gozando, por decir algo, de los últimos años de presencia estudiantil, todavía no estoy tan desquiciado como para arrojar la televisión por la ventana o dedicarme a hacer otra cosa. Como un ritual masoquista, desde hace unos cuantos años, den lo que den en la caja tonta, la cual frecuento bastante poco, me como mal que me pese, los Goya. Y digo mal que me pese porque dejé de lado mi querido Salvados, ese programa tan brillantemente dirigido por el punzante Jordi Évole, de lo poquísimo que me hace enganchar el mando y que no me lo quite nadie, para ver los dichosos premios. Palabras mayores, oiga.

Al empezar el susodicho evento, mis lógicas reticencias iniciales hacia el conductor de la gala se ven naturalmente cumplidas, pues elegir a Manel Fuentes, el presentador de Tu cara me suena, como defensor del cine español e insultador del reino hacia el Gobierno, es algo un poco hipócrita, teniendo en cuenta que Tu cara me suena es uno de esos programas destinados a idiotizar al espectador medio, materia en la que la cadena que le paga, el grupo Antena3, es experta, con el objetivo de arañar unas décimas al tan ansiado share. Si a un presentador mediocre y falso le añadimos la impostura de un guión que suena a mentira complaciente por todos lados, la cosa se queda en una caricatura de lo que Eva Hache hizo el año anterior, por lo menos digno de ser visto y escuchado. Imagino que más de alguno de los allí presentes sentiría algo más que indignación, aunque visto lo que retransmitían las cámaras, el jolgorio parecía generalizado.

Álex O'Dogherty
Y empezaron a repartirse los premios, el de actor revelación para Javier Pereira por la admirable Stockholm, película que no he podido ver todavía pero que me parece un verdadero milagro y de fe ciega en un proyecto, pues todos los implicados la autofinanciaron con una venda en los ojos, echando sus suertes a cara o cruz. Por lo menos tuvieron algo de reconocimiento, ojalá que esta gente pueda hacer más cine, a pesar de la longitud excesiva del discurso del chaval. Tras un par de premios o tres para Las brujas de Zugarramurdi, la última gamberrada de Álex de la Iglesia (sobre la que luego volveré), tuvo lugar un número musical a cargo de Álex O'Dogherty, un señor que salvo en algún gag de los primeros Camera Café, o sea, hace algo así como 8 años, no me hace ninguna gracia, por mucho que cante, salte, toque todo tipo de instrumentos y ponga caras pretendidamente cómicas. La cosa empezaba a flaquear y no había hecho más que comenzar.

El discurso que realizó el presidente de la Academia, Enrique González Macho, fue también lo mismo de siempre, pero necesario, pegándole un tirón de orejas a las plataformas de distribución online de cine, pero sobre todo atacando y con razón al Gobierno, con el tema del IVA, que siempre dicen que lo van a revisar, y con la creación que nunca llega de un modelo de explotación del cine basado en el mecenazgo, es decir, dar facilidades a los inversores en cine, que actualmente hay cuatro gatos mal contados. Además, las prometidas ayudas de 100 millones de euros, que se han quedado en unos escuetos 39. Está claro que esto de que el cine esté subvencionado, algo que ya he dicho en más de una ocasión que me parece bien, puede tener sus detractores, pero, y parafraseando a un premiado, "invertir en cultura siempre es bueno, porque la incultura es más cara que la cultura". Debates aparte lo que es innegable es que si prometes dar 100 millones de ayudas, pues es una canallada meter la tijera avisando dos días antes. 

A propósito de avisar dos días antes, el ministro de cultura que tenemos ha hecho una de las suyas, con lo que ya se ha generado otra vez el eterno debate que enfrenta en los Goya a los miembros de la Academia con los medios de la derecha. No obstante, una cosa es avisar con las suficiente antelación porque te surge algún imprevisto de ultimísima hora, pero buscarte tú mismo la coartada yéndote a Londres me parece grotesco. Este tío, que se jactaba hace un mes de que iba a asistir a la gala sin ningún problema, ha demostrado una indecencia notable, que igual ha hecho como gesto de su habitual chulería, quién sabe. El caso es que ayer el Vaticano operó sin el que debería ser su Papa, o más bien, la Revolución Francesa no pudo contar con su Robespierre particular.

Joaquín Reyes: "¡El IVA es sagrado!"
Pero siguiendo con los premios, hubo unos cuantos momentos emotivos, compaginados con otros supuestamente graciosos que salieron como tiros por la culata, salvo algo del numerito montado por los zumbados de Muchachada Nui. Pudimos ver el primer goya recibido por la anciana Terele Pávez como actriz secundaria por Las Brujas ante una ovación generalizada, o el Goya de Honor al director Jaime de Armiñán, con imágenes de sus películas en las que dirigió a gente como Fernando Fernán-Gómez, José Luis López Vázquez o Fernando Rey, personajes ya legendarios de nuestro cine que poco a poco se irán nombrando menos. Este año se han ido Alfredo Landa y Elías Querejeta, dos tipos tan excepcionales como irremplazables, a los que debemos algunas de las películas cumbres de nuestro cine. Junto a estos momentos se compaginó un número musical ridículo como casi siempre, unos sketches en los que antiguos presentadores de los Goya se mordían las uñas comparándose con Fuentes, y otros en los que éste aparecía en trozos de las películas nominadas, al igual que hiciera con bastante más gracia Eva Hache el año pasado. Es decir, que todo transcurría con la linealidad de siempre, nada nuevo bajo el Sol.

Lo que vi yo extrañísimo en esta entrega de premios es que una película se llevó 8 cabezones, sobre todo en apartados técnicos y tal, pero haciendo eso significa que, según el criterio de los académicos, todo en la película funciona. Estoy hablando de Las Brujas de Zugarramurdi, que no es ninguna maravilla, pero es absolutamente inexplicable que no esté nominada a mejor película ni su responsable, Álex de la Iglesia, a mejor director. Porque, siendo realistas, el nivel no era tanto como para ningunear a esa película, pero sus señorías sabrán, que sus emolumentos reciben para nominar con enorme sapiencia las obras de arte que les dé la gana. O no.

Una sección que particularmente daba una envidia tremenda era la de Mejor película europea. Lo vieses por la arista que fuera, no podías quedarte con ninguna, vaya cuatro películas: la inquietante La caza, la tremendamente bella e hipnótica Gran belleza, la triste pero también bonita historia de Amour, y la tragedia, el dolor y la maestría de La vida de Adéle. Hablo de envidia, porque cualquiera de las cuatro es infinitamente mejor que las nominadas en España, con la excepción de la que a la postre fue la gran ganadora de la noche, Vivir es fácil con los ojos cerrados.

Y es que gracias a los astros ha primado la cordura y el buen gusto, pues muchas quinielas daban como favoritas a Caníbal y a La herida para alzarse con los premios gordos. Pero salvo el de mejor actriz que fue a parar a Marian Álvarez por La herida, algo por otro lado totalmente merecido, mi alegría por ver a un director tan inteligente y admirable como David Trueba recoger por fin los frutos de un trabajo bien hecho, es considerable. Tanto, que un premio tras otro que se llevó la película, alcé los puños en soledad, sintiéndome partícipe de que los responsables de esa película tan bonita fuesen merecidamente recompensados. 

De este modo David Trueba se convirtió en el protagonista absoluto de la gala, luciendo una capacidad de discurso que no vi yo en ninguno de los aturullados discursos que fueron la nota dominante de la noche. Habló de los problemas del cine español, pero defendiendo al espectador, al que nunca acusó de no querer consumir el producto patrio, tiró con elegancia dardos hacia Wert y la derecha, recordando que aquellos que fueron de la ceja o se manifestaron contra la guerra de Irak no son necesariamente enemigos del PP, también pueden votarlos, comentó irónicamente el tema de la corrupción acordándose de un chistoso señor de Almería, invitó a la reconciliación con Cataluña y lanzó una oda al carácter trabajador de los españoles. La lucidez de David Trueba será algo digno de ser escuchado y recordado. Su amor por el cine, por sus compañeros, su esperanza y su lucidez deberían ser contagiosas. Aunque les pese a algunos.

David Trueba en pleno discurso de agradecimiento

domingo, 9 de febrero de 2014

Californication, o cómo follar al ritmo de la melancolía

Por Conde Chócula (Aresti)


Si fuera usted un adicto al sexo, ¿qué música escucharía? Reformulo la pregunta ajustándome a los parámetros de nuestros lectores: si usted fuera usted, y a usted se le está regenerando la virginidad a base de masturbación diaria, ¿que música escucharía?

Siéntase humillado, porque usted no es Hank Moody. Lector, puede que su adicción al sexo sea real, pero las mujeres con las que lo practica no. Hank Moody sí. De hecho, usted ni siquiera puede salvar su honra con el pretexto de que Hank Moody es un personaje fantástico, puesto que David Duchovny, el actor que lo encarna, es (o fue) un adicto al sexo, y si esta serie que él mismo produce tiene un ápice de autobiográfico no tardará en darse cuenta de que es usted  la vergüenza de la reproducción humana. Conténtese con que al menos tiene buen gusto musical.

Para los cristianos que no hayan visto esta serie por prohibición de su párroco les diré que tiene un distintivo que los hace únicos en la plana televisiva. Su lenguaje. Si Scarface destacaba por sus innumerables 'fucks' y Deadwood por sus 'cocksuckers', Californication pasará a la historia como una serie de conversaciones irónicas montadas sobre vaginas, penes, motherfuckers y demás tacos que hilan insultos, argumentos, ataques y declaraciones de amor con tal maestría que dejas de calcular mentalmente los rosarios que vas a tener que rezar para limpiar tu alma. 

David Duchovny encarna a un personaje detestable, pero que por lo llamativo de sus acciones pasa a la boca de feministas barbudas como un ser deleznable que promulga un valor muy sencillo: usar a las mujeres como objetos. A esta deducción se llega facilmente si no deseas entrar en la psique del personaje. Resultará ahora que a todos los que nos gustó 'El Padrino' somos unos camorranos espaguetonis. Y es que nada más lejos de la realidad queda este estereotipado hombre que basa su vida en alcohol, mujeres y sexo. Hank Moody cuenta la historia de un hombre que vive por inercia gracias a una ágil mente de respuesta mordaz, aun si su alcohol contiene mucha sangre. El espectador debería ver que es un espantajo que destruye su vida con el objetivo de escapar del recuerdo de lo que tuvo y no tiene. Hay hombres y mujeres que solo saben vivir de un modo y cuando se lo arrebatan buscan sin fortuna otra vida, o permanecen en ese estado de anhelo doloroso que lleva a escurrirse sobre la boca bragas empapadas de whiskey. Californication habla sin tapujos de las vidas que nos ecandalizaría vivir, de los fracasados, los mediocres, los. Es una exaltación del esperpento y de los oscuros deseos que alguno querría tener si no fuera por la doble cara de conseguirlos.

Estas vidas están construídas sobre una BSO que mezcla un sonido actual con la decadencia de sus relatos. Este es un aspecto que la productora cuida someramente puesto que además de centrar el guión en la literatura dan un gran peso a cómo Duchovny se relaciona con músicos, productores y musas. De cómo cualquier persona puede formar parte de ellos y ser un deleznable hijo de puta que esnifa cocaína sobre el ano de la mujer de otro. Californication acierta plenamente con sus canciones más crudas que añaden lirismo a la historia. Es por esto que la música defina lapidariamente la personalidad del protagonista en cada momento, empezando cómo no a manos de Elton John y su Rocket Man. El hombre que sufre el abandono de la huída de su hogar, de no criar a sus hijos, de una distancia establecida sin cuartel, es un astronauta que no vive la vida de los que quiere sino que anda perdido buscando no cómo, sino cuándo está preparado para volver y si en ese caso lo aceptarán. 



Cada músico tiene sus rarezas. Es por ello que en la excepcional segunda temporada incluyan a Lew Ashby, un loco productor musical que vive en una mansión rodeado de vicio y perversión. Al más puro estilo Californication, una prostituta que había tenido sexo con Hank Moody y Lew Ashby dice que son como The Beatles y los Rolling, y no sabría decir cuál folla mejor. En esta temporada se hacen continuas referencias a titulos de canciones, frases y grupos. En concreto hacen varias referencias a Warren Zevon, afamado compositor norteamericano. Con este personaje Hank tiene una conversación en la que Lew Ashby dice: "Warren Zevon podría hablar sobre teoría dodecafónica con Stravinski", ensalzando su habilidad compositiva. Y no es solo esto, sino que Hank Moody tiene como ritual escuchar a Warren Zevon al terminar de leer un libro.



En la tercera temporada aparece Rick Springfield interpretándose a sí mismo como una estrella del rock que solo puede pensar en consumir más y más cocaína y follarse a la mujer de su manager. Y en la quinta se dispone a escribir la biografía de un famoso rapero tan peligroso como rico.



En la 6ª temporada de la serie Hank conoce a una estrella de rock interpretada por el cómico musical Tim Minchin con el que llegará a meterse coca en compañía de Marilyn Manson. En esta temporada entra en escena el personaje de Faith, una chica que actúa como musa de músicos, que mantiene relaciones sexuales con ellos para ser fuente de inspiración. Es un personaje icónico del mundo de la música y del arte en general, y en este caso banaliza el concepto de grupi para transformarlo en dadora de arte.

La serie comienza en una iglesia, una monja y una mamada. ¡Oh Rolling nuestros!, ¿qué debemos hacer? You Can't Always Get What You Want, pues, ¿quién no quiso la felación de una monja y no la pudo tener? Esto es algo más profundo de lo que parece. Es sin duda la canción que conduce la serie y oyes incluso cuando no suena.



Hank Moody, el escritor que se hizo famoso por un solo libro y ahora sufre el bloqueo de la página en blanco, vuelve a escribir un fade in. Suena a Second Life Replay.



Las referencias son constantes y como el lector habrá apreciado la más flagrante la lleva en su propio título que huelga de toda explicación. Os dejo una lista que hice hace tiempo con algunas de las canciones de la BSO de esta genial serie.
     

miércoles, 5 de febrero de 2014

Réquiem por Philip Seymour Hoffman

Por Almaciguero Mayor


La tragedia ha vuelto a golpear el mundo del cine. Si por junio del año pasado falleció en su amada Italia James Gandolfini, que pasará a la historia por haber interpretado a Tony Soprano, ahora se nos va Philip Seymour Hoffman, un señor rubio, gordito y de estatura media cuya pérdida se antoja irremplazable, era uno de los mejores actores del mundo para muchos, y a mi parecer, el mejor. Fue encontrado el pasado domingo 2 de febrero en su casa con una jeringuilla clavada en el brazo. No hay que ser un lince atando cabos para llegar a la conclusión de que murió por sobredosis, la maldición de las drogas, que a no pocos artistas se ha cepillado.

Según contaba él mismo, recién graduado pasó durante cierto tiempo de fiesta en fiesta y se metió de todo, pero a los 22 años se acojonó, le entró la consciencia de morir, lo que le llevó a una clínica de desintoxicación que le quitó todos los vicios de por vida. Hasta el año pasado, que volvió a reengancharse a lo bestia a la heroína concretamente, y comentó a sus amigos: "Si no paro, moriré". Hay algunos que ven en esta actitud de estar asomado al abismo a un idiota con pretensiones suicidas. Yo siempre veré a un genio acorralado por la vida, como los mejores personajes que interpretó. 

Porque el talento que tenía este hombre era increíble, digno de los mejores de siempre. Su facilidad por hacer que te fijaras en él y sólo en él en cualquiera de sus películas, compartiese plano con quien fuera, dando auténticas lecciones, te hacía quedarte con la boca abierta. Un ejemplo es las escenas que hacía con el mejor Edward Norton que yo he visto, en La última noche de Spike Lee, donde Hoffman es un profesor de instituto que flirtea con una menor, hace que a ratos se te olvide la tragedia que está viviendo Edward Norton, que en unas horas irá a la cárcel.

La descomunal habilidad interpretativa de este hombre siempre fue acompañada de inteligencia e instinto a la hora de elegir papeles, siempre fiel a sus principios, pues aunque trabajó en Misión Imposible III y Los Juegos del Hambre, su filmografía siempre fue enfocada al cine independiente americano, prestándose a que pequeños proyectos que le interesaban tiraran hacia adelante con su presencia, aparte de trabajar con unos cuantos de los mejores directores norteamericanos como Anthony Minghella, los hermanos Coen, Sidney Lumet, George Clooney o Paul Thomas Anderson.

El enfermero de gran corazón que intenta reconciliar a un padre terminal con su hijo perdido de Magnolia, el reverendo que disfruta como nadie de las mieles de la vida de Cold Mountain, el enfermo sexual encerrado en sí mismo de Happiness, el sacerdote de dudosa moral que se enfrenta a la poderosa Meryl Streep en La duda, el cínico asesor político de Los idus de marzo, el genial Truman Capote de Capote, el fundador de la Iglesia de la Cienciología (aunque con otro nombre) que tiene ante sí el reto de captar un indómito nuevo miembro en The Master, el codicioso, drogadicto y acorralado Andy de Antes que el diablo sepa que has muerto. Este será el Philip Seymour Hoffman inmortal, al que siempre podremos visitar una y otra vez, el que más de una vez nos hizo pagar lo que valía su película sólo por verle a él, aunque la película nos diese igual. Se va uno de los pocos miembros que nos quedan de esa raza. Descanse en paz.

viernes, 31 de enero de 2014

Una estafa convincente a medias

Por Rafael Belchí


La fecha maldita de la ceremonia de los Oscar se acerca. Maldita porque ese día supone un punto de inflexión en la cartelera para todo cinéfilo que se precie, pues se le otorga bula papal a las películas que van seleccionadas a los mencionados premios y se deja el resto y errático año para que las obras supuestamente menores que no han sido tocadas por la varita mágica, se den de hostias con las distribuidoras para no acabar en las temibles fechas veraniegas compartiendo cama con todos los taquillazos de efectos especiales. Como ejemplo de lo que estoy hablando, se estrena hoy La gran estafa americana, la nueva película de David O. Russell, cuyo anterior trabajo, El lado bueno de las cosas, era a la vez atrayente y repelente, con, eso sí, un final made in Hollywood, pero cutre, increíble y edulcorado a más no poder.

Por tanto mis expectativas ante La gran estafa americana no eran para tirar cohetes, aunque el resultado me ha resultado mejor de lo esperado. O. Russell relata aquí la historia de un par de estafadores de poca monta, que se dedican a otorgar préstamos a los primos que confían en que a largo plazo les saldrá rentable, lo cual lógicamente acaba con los estafados en la ruina y con los protagonistas en orgías de drogas, alcohol y prostitutas. También sospechas que esta gente va a acabar mal, pillados por el FBI y viéndose obligados a hacer cosas que no quieren. Lógicamente ocurre, y el objetivo final es estafar al alcalde de Nueva York, formándose así una intriga con jeques árabes y mafiosos de por medio.

Todo transcurre en los 70, con escenas con la música muy fuerte a veces, supongo que para reflejar el desenfreno de aquellos años, mezclado con movimientos de cámara muy del gusto del autor, pero que a veces me suena a plagio de Scorsese. Además, a pesar de que O. Russell se esfuerza en transmitirnos la complejidad de la historia a través de sus personajes, éstos tienen el interés justo y necesario para que te impliques en lo que te están costando, de manera que la trama está montada con un nivel de convicción aceptable, pero con un tono descaradamente hortera que a veces me distancia de la misma, haciendo de La gran estafa americana una película que no aburre, pero tampoco apasiona. Es un híbrido muy raro.

Los personajes que utiliza el director para hablar de este mundo de estafadores no van a pasar a la historia por su nivel de simpatía, en especial el agente del FBI que interpreta Bradley Cooper, actor que me pone particularmente de los nervios y en esta película no iba a ser menos, y su eterna compañera, la "gran estrella" de Hollywood Jennifer Lawrence (que alguien me explique por qué) , una actriz que sin ser mala, interpreta un papel olvidable. Mejores están Christian Bale y Amy Adams, que aunque no enamoran, son algo más creíbles y decentes en sus actuaciones. En definitiva, la película, por muchos Oscar que le den, no está llamada a permanecer en la memoria, sino más bien a hacer pasar un par de horas entretenidas y poco más. A pesar de las intenciones del señor O. Russell.

viernes, 24 de enero de 2014

El Scorsese de siempre, pero más salvaje

Por Rafael Belchí


Hablar de Martin Scorsese es referirse a una de las pocas leyendas del cine que siguen vivas, y suerte la nuestra, es un hombre que no conformándose con la mera existencia, sigue en plena forma, entregándonos una película o un documental cada uno o dos años a más tardar, fruto de quien tiene el arte de contar historias como una necesidad imperante que marca su sino. Y por supuesto, a pesar de ser el creador de obras maestras imperdurables como Taxi Driver, Toro Salvaje o Uno de los nuestros, hay veces en las que el sello de calidad marca de la casa se ve resentido, a pesar de la pasión que pone este genial director en todo lo que hace. Ese miedo se hizo realidad para mí en su anterior trabajo, La invención de Hugo, y era algo que inevitablemente tenía en mente ante la visión de El lobo de Wall Street.

En esta película nos habla sobre un tipo que se hizo a sí mismo en el mercado de valores, estafando a pobres al principio y a ricos después, amasando una considerable suma que le permitió llevar una vida de sexo, drogas y lujo. O sea, un fulano que a priori no es simpático. Pero Scorsese nos cuenta esta historia como mejor sabe, al modo de Casino o Uno de los nuestros, con la voz del protagonista ejerciendo de vehículo que nos lleva al espectáculo de su vida, con un lenguaje tan frenético como vertiginoso, donde el culto al exceso es el protagonista. Porque aquí se sustituyen los esbirros de la mafia por rabiosos brokers, los bien entrenados cachorros del lobo, dispuestos a devorar a los palurdos que quieren invertir en Bolsa, y los asesinatos y palizas, por cantidades ingentes de droga, las que permiten a los involucrados en este tinglado ejercer su tarea de la estafa con la mayor de las garantías, o sea, enchufados.

Por si fuera poco, el brillante guión, obra de Terrence Winter, guionista de Los Soprano y creador de la magnífica Boardwalk Empire, tiene bastantes dosis de comedia, pero con un componente negro y bestia que hacía yo siglos que no veía en un cine. Así, transcurren como un rayo las tres horas de película, que te dejan exhausto, pero con un colocón visual y unas ganas de participar en la noria del poderoso caballero, que te hacen sentir como si estuvieras haciendo algo tan necesario como gozosamente malo.

El protagonista absoluto es Leonardo DiCaprio, que con una interpretación magistral, crea un personaje que va a permanecer en nuestras mentes para siempre, demostrando de paso lo que es, uno de los mejores actores del mundo. Está secundado por el tan gracioso como corrosivo Jonah Hill y un Matthew McConaughey que, a sus cuarenta y tantos, quién lo iba a decir, se está convirtiendo en uno de esos actores que merecen el precio de la entrada. Por fin Uno de los nuestros y Casino tienen una continuación de altura, que constata que Scorsese, a sus 71 años, todavía puede contarnos historias en estado de gracia. Dice que está cansado y que seguramente hará dos películas más antes de decir adiós. Si son de la maestría de este lobo, habrá puesto un broche final inmejorable a su carrera.

miércoles, 8 de enero de 2014

¿Qué había antes de Bob Dylan? (Según los Coen)

Por Rafael Belchí
 

La última uva estaba apenas siendo apelotonada con sus 11 compañeras en las fauces de todos los españoles. El año llegaba a su fin, y qué buena noticia que quien se fijara en las carteleras vería que en todo cine de estreno que se preciara allí estaba A propósito de Llewyn Davis, la nueva película de esos creadores de un cine con sello propio, los hermanos Coen, en general con un resultado que raya entre lo bueno y lo genial, pero casi siempre que ves una película de estos fulanos sientes que estás viendo algo especial, que cada fotograma que te están otorgando es impagable, conformando un cine digno de las filmografías más selectas.

En su nuevo trabajo nos acercan con su particular visión al Village neoyorquino de los años sesenta, supuestamente una semana antes de que irrumpiera Bob Dylan con su inmenso arte dejando boquiabierto al personal. Para ello seleccionan a un personaje producto meramente de su imaginación, un tal Llewyn Davis, un tipo de aspecto mundano y un poco pordiosero, que vive básicamente del bien ajeno, aprovechándose de la bondad o permisividad de desconocidos, familiares o amigos por igual, un muchacho que se revela como un rey Midas a la inversa, que todo lo que toca se convierte en mierda. Y, claro está, un gran músico de folk que no sabe a dónde ir ni qué hacer con su desgraciada existencia.

Los Coen te cuentan las sensaciones que tiene este hombre con cercanía, con especial hincapié en las canciones que canta, con las que nos presentan sus estados de ánimo y los sentimientos de alguien que no puede entender cómo la gente prefiere la música más convencional y el comercialismo barato a pesar de ser ridículo, lo cual vemos a través de los compañeros de escena de Davis en los garitos, pero sobre todo, en cómo se gesta esa detestable música en un estudio de grabación. También está muy bien reflejado el frío que se puede pasar en Nueva York o Chicago para alguien que no tiene lugar aparente en el mundo, que por no tener no tiene ni abrigo, lo duro que golpea el frío en un alma marchita, y lo dice uno que nunca ha pisado tales tierras americanas.

Pero a pesar de lo deprimente que podría ser toda esta historia, los Coen la transmiten con cierta gracia, que es muy de agradecer, sobre todo presente en un surrealista viaje con un músico de jazz muy gordo y yonqui (genial John Goodman) y la especial relación que tiene Llewyn con un gato perdido que le acompañará durante parte de sus andanzas. Sin embargo, a pesar de que casi todo lo que veo siempre me interesa y a ratos apasiona, el personaje protagonista tiene un no sé qué que en ocasiones me distancia un poco, que no termina de caerme estupendamente. Eso sí, cuando coge la guitarra y se pone a cantar canciones de Dave Van Ronk, me vuelve a encandilar ipso facto. Porque la banda sonora de la película es de lo mejor que he escuchado yo en un cine últimamente, y ver cómo la interpreta Oscar Isaac, un actor que me gustaba bien poco hasta el momento, es una delicia. En definitiva, estamos ante una muy buena película de los Coen, que quizá no sea una obra maestra, pero sí una nueva confirmación de que estos hermanos son, por méritos propios, de los mejores valores que tiene el cine actual. Quien todavía lo dude, que vaya corriendo al cine.

miércoles, 1 de enero de 2014

6 cortometrajes en los que no sale (y debería) el niño Jesús

Por Almaciguero Mayor.

Múltiples formas son las que adquieren las artes visuales, pero el cine es de tales artes, además de uno de los más contemporáneos que tenemos, quizá el que más aceptación provoca, por su capacidad de impactar a través de la imagen, de embaucar a los espectadores, de trasladarnos a otros mundos logrando que hagamos un pacto con el aburrimiento equivalente al metraje que nos proporcione, y sobre todo y lo más importante, por conseguir hacernos reír y llorar cuando empatizamos con los maravillosos personajes que nos propone la gran pantalla.

Pero el formato de la hora y pico en adelante, como bien es sabido, no es la única forma de expresión que tiene el cine. Ahí tenemos los cortometrajes de Chaplin y Buster Keaton, que en los años de esplendor del cine mudo hicieron reír a medio mundo, olvidando la terrible realidad que asolaba las naciones en forma de Primera Guerra Mundial. Genios posteriores, como Jean Renoir con Una partida de campo o Luis Buñuel con Simón del desierto,  nos demostraron que una obra inacabada podía ser una obra maestra en forma de mediometraje, que no tenía por qué durar más de la cuenta algo contado con talento. Y qué decir de las pequeñas joyas que sirven de antesala para cada película de Pixar, conmoviendo tanto a niños como a mayores. El cortometraje es una forma de expresar un arte tan válida como cualquier otra.

A propósito de tal defensa, os traigo unos cuantos cortos que sirven como pincelada de la Navidad. Serán mejores o peores, pero los minutos que los ocupan no supondrán un desperdicio para la retina. Palabra de Almaciguero.

Alma


Este cortometraje de animación realizado en las ya establecidas por ley tres dimensiones, lleva firma española. Lo dirige Rodrigo Blas, colaborador habitual de Pixar en películas como Buscando a Nemo o Up. Cuenta el devenir de una chiquilla que ve un muñeco igual que ella en el escaparate de una tienda, lo que lógicamente le inquieta y pica su curiosidad. Con una fachada de cuento navideño y cursi, he aquí un relato bastante angustioso, que te muestra un lado oscuro de la Navidad bastante alejado de los anuncios de televisión y demás.

Treevenge


Como su propio nombre indica, estamos ante un corto en el que los típicos árboles de Navidad van a ser los protagonistas. Y obviamente, con ganas de venganza. La tragedia se cierne sobre los bosques cada año con la tala indiscriminada para su venta a familias felices que cuelgan bolas y dejan regalos debajo de los árboles, pero, ¿y si estos árboles sintieran lo que les hacemos y clamaran vendetta a costa de nuestros órganos e hijos? El resultado es un corto que hace pasar un buen rato, en el que hay secuencias de serie B bastante vergonzantes, pero qué más da, alguna que otra carcajada está garantizada.
  

Rare Exports Inc.


Curioso corto sobre una empresa que se dedica a hacer exportaciones muy variopintas y extrañas, entre ellas la de asegurarse de que año sí año también la Navidad va a ser un éxito. Eso sí, con métodos poco o nada ortodoxos. Originalmente se trataba de un regalo navideño para los clientes de Woodpecker Film, empresa finlandesa dedicada a la televisión, internet y telefonía móvil, pero finalmente se oficializó como un cortometraje motu propio, que incluso ganó el premio a mejor cortometraje en el festival de Sitges en 2010.

Espíritu navideño


Los amigos de Poco a poco te la toco, que llevan un ritmo tremendo de subir vídeos a la red y que ya nos advirtieron que afeitarse puede ser peligroso y que la alfombra mágica de Aladín no siempre funciona se disponen en esta ocasión a congratularnos la Navidad con su peculiar sentido del humor. Un simpático asesino se acaba de cepillar a balazo limpio a la última de sus víctimas. Su gran problema, ¿dónde esconder el cadáver en una casa llena de cadáveres? La navideña respuesta, en el vídeo.

Coming to town


(Enlace para el corto)

Arrancando cual Pulp Fiction, con unos diálogos dignos de Jules y Vincent Vega, Coming to town nos presenta a un Papá Noel renegado y sus peculiares acompañantes, un duende alcohólico y otro sádico, dispuestos a satisfacer las ansias de venganza de una cría que se ha portado bien durante el año pero que en vez de regalos pide venganza contra un muchacho que le hace la vida imposible en el colegio. Humor corrosivo, secuencias desternillantes y el gran gozo que supone ver a San Nicolás armado con un M16 hacen que este corto merezca la pena.

Fist of Jesus


Vale, he hecho trampa, en este corto sale el niño Jesús, pero sin ser niño, allá por el año 33 d.C. cuando tenía unos 30 años (¿o era al revés?). Narra qué hubiera pasado si Jesús hubiera resucitado mal a Lázaro, convirtiéndolo en un zombie, dando ello lugar a un apocalipsis de muertos vivientes en Judea, con fariseos y romanos ataviados como en la serie The Walking Dead. Menos mal que tenemos a Jesús y a su fiel Judas para acabar con la amenaza desatando una orgía de sangre y vísceras que hará las delicias de los amantes del gore y la serie B. Cierto es que no tiene mucho que ver con la Navidad tal como nos la da a conocer El Corte Inglés, pero no se me ocurre un mejor homenaje que éste para conmemorar el nacimiento de tan ilustre profeta.

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