Corre el año 1961 y en pleno bloque soviético, el escritor polaco Stanislaw Lem culmina su obra magna, Solaris. Por aquella época la ciencia ficción se
caracterizaba por plantear una serie de problemas y resolverlos, dejando como conclusión algún tipo de moraleja. Lem, por su parte, quiso darle
un enfoque distinto a su trabajo y lo dotó de elementos más
típicos de la literatura de Europa del Este. En cierto modo, por el grado de
confusión y misterio así como por las cuestiones que plantea, podría decirse que Solaris es ciencia
ficción, pero con un toque kafkiano.
La trama comienza con la llegada del psicólogo Kris Kelvin a la estación que
flota sobre el océano del planeta Solaris. Esta instalación es la flor marchita
de una época de expediciones científicas destinadas a investigar este nuevo mundo que, por desgracia, después de décadas sin avances, se encuentra prácticamente vacía. Sólo quedan, sin contar con el recién llegado,
dos científicos que se encuentran al borde de la locura. Afirman
que reciben visitas periódicas de seres que hace tiempo que abandonaron sus vidas. En general, el argumento de la novela gira en torno a cómo afecta la presencia de estos visitantes a los
personajes (en especial como afecta este hecho al recién llegado) y qué implicaciones tiene la incapacidad de establecer un diálogo con la inteligencia que los ha producido.
Si nos centramos en el tema del contacto hay que saber que el océano que cubre la superficie del planeta, pese a ser descrito mediante un término humano, no es una masa de agua en el sentido terrestre. No obstante, su composición si es fluida y cambiante, adoptando estructuras dinámicas e incluso antropomórficas. Su voluntad no se pone en duda pero se desconocen sus intenciones, si es hostil o amistoso, puesto que no responde a ningún tipo de señal humana. Incapaces de superar las diferencias entre las dos especies, el libro hace hincapié en la limitada manera de pensar del ser humano, es decir, cómo fracasamos cuando nos enfrentamos a situaciones que no podemos comprender. Esto se ve reflejado en toda literatura que trate sobre sociedades alienígenas. El escenario siempre es el mismo, o sus miembros son amigos o son enemigos, pero nunca existe una total indiferencia de una parte hacia la otra. Esto plantea las siguientes cuestiones ¿cómo hay que reaccionar ante el desinterés de un ser que no podemos comprender? ¿qué tipo de relación puede haber con un océano poderoso, pero mudo? ¿qué contacto puede haber entre unos seres humanos ciegos ante la inteligencia que abarca todo un planeta? Ninguna, no hay respuesta, estamos condenados a pensar en términos humanos. Además, Solaris enfoca este tema desde un punto de vista epistemológico, planteándonos el dilema al que se enfrenta la ciencia, al intentar obtener un conocimiento profundo sobre un nuevo ser vivo que no se corresponde en absoluto a nada conocido anteriormente. Estamos ante el fracaso de una ciencia que debe partir de cero. Esta disciplina, la solarística, decae convirtiéndose prácticamente en una religión que especula, en términos humanos (como todas las religiones) sobre la naturaleza e intenciones de este ser cuasi divino. Superstición aparte, la humanidad, incapaz de comprender y sacar provecho de la gran masa fluida que es Solaris, vuelve a su planeta con las manos vacías.
Los visitantes aportan una nueva dimensión al problema de la comunicación con el
océano, ya que son seres creados por esta inteligencia planetaria y que, además,
son representaciones idénticas físicamente a personas que tuvieron un papel
emotivo en las vidas de los habitantes de la estación. Estos individuos dejaron una
profunda cicatriz emocional en las mentes de los humanos a los que visitan. Por este motivo, pese a que la
apariencia exterior sea idéntica y totalmente real, su mente no es más
que una instántanea de la visión distorsionada almacenada en los recuerdos. Pese a que el océano sea la causa primera de estos seres, se desconoce su causa final. ¿Son un
castigo por la presencia de los humanos en el planeta?, ¿son acaso una ofrenda?, ¿un intento de establecer un canal de comunicación entre las dos especies? No
hay respuesta clara a estas preguntas. Lo que sí es clara es la angustia que sufre el
protagonista cuando recibe la visita de su mujer, fallecida de manera trágica, que
vuelve a visitarle como si nada hubiera pasado. Su recuerdo y la culpa le
persiguen, tanto física como emocionalmente. No ha dejado de amarla, aunque esté muerta y no sea más que una proyección sobre
la realidad de sus traumas más profundos.
Solaris fue y sigue siendo una novela profunda. Ilustra un escenario en el que la ciencia encuentra su límite, fracasando estrepitosamente en comprender algo nuevo. Para los que disfrutéis de una buena lectura,
estáis de enhorabuena ya que el año pasado se editó por primera vez una
traducción directamente del polaco original, mientras que las ediciones
anteriores eran una traducción del francés al español, que a su vez había sido
traducida del polaco. En resumen, una muy buena novela de ciencia ficción, con
elementos de misterio y cargada de temas a los que darle vueltas.
Pepe "Puertas de acero" Pérez
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