miércoles, 20 de noviembre de 2013

Los orígenes del fumar en Occidente


No habría tenido tanta gracia que Clint Eastwood prendiese una mecha con cerillas.

Por mucha gente repudiado, por otra necesariamente amado, para otros simplemente un placer de la vida. Se trata de una de las pocas drogas que están legalizadas, aunque cada vez peor vista, cuando tuvo hace unas décadas su época de esplendor, cuando aquello de fumar hacía amigos. Qué hubiera sido del séptimo de caballería si no hubiese fumado la pipa de la paz con los indios, qué hubiera hecho Intereconomía para meterse con José Luis Rodríguez Zapatero de no ser éste un fumador empedernido. Nos guste o no esa hoja que se fuma llamada tabaco ha sido parte de la Historia viva de las Naciones. Ahora prácticamente no sale gente fumando en las películas, cuando hace no mucho casi todo dios estaba dándole al cigarro, pero es innegable que Humphrey Bogart no hubiera sido el mismo sin reírse de sus enemigos echándoles el humo a la cara, ni tampoco podríamos haber visto a Clint Eastwood encendiéndose una cerilla en la chepa de Lee Van Cleaf en La muerte tenía un precio.

Y muchos os preguntaréis: ¿Cuál fue el principio de todo ésto? ¿Cómo pudo llegar semejante y cancerígena criatura a manos de los ciudadanos del mundo? ¿Los estancos fueron como los enanos, brotaron del suelo? La respuesta viene, cómo no, de la mano de un español.

Como por todos es sabido, en 1492 Cristóbal Colón llegó a las Indias con una tripulación exhausta, pero a la par entusiasmada por la llegada a una tierra totalmente ajena a Europa, y que, por supuesto, desconocían que se trataba de un nuevo continente que iba a modificar enormemente la Historia de la humanidad. El tabaco fue descubierto junto con otros productos exóticos como la piña, los cacahuetes o el maíz. Mostrado por los nativos, los asombrados receptores lo describieron como hojas secas desprendedoras de una peculiar fragancia. Un curioso miembro de la tripulación, que respondía al nombre de Rodrigo de Jerez, natural de Ayamonte, fue de los que más trataron con los indígenas locales, junto al intérprete de origen judío Luis de Torres, de manera que en noviembre del mismo año vieron a un indígena fumar.

Los anales recogen la descripción que estos hombres hicieron del por entonces extraño arte del fumar: "Los nativos hicieron rollos de hojas de palma y maíz a la manera de un mosquetón hecho de papel, con tabaco dentro. Uno encendía un lado y bebía el humo que echaba el otro". El bueno de Rodrigo copió el hábito de los lugareños y a su vuelta a Ayamonte se le veía tranquilamente por el pueblo, dando las primeras caladas en suelo español, que tantos ilustres personajes seguirían después. Pero, claro está, para un pueblo criado en el miedo y en la religión católica como la única verdad, la llegada de estas extrañas prácticas se le acusaron al de siempre, es decir, a Satanás, Lucifer o Belcebú, y poco tardaron los vecinos, entre asustados y envidiosos por quien ha hecho riqueza allende los mares, en denunciar a Rodrigo al Tribunal de la Santa Inquisición, institución que rápidamente condenó las prácticas heréticas y paganas, acusando al pobre hombre de brujería. Cuando más gentes llegadas de las Indias trajeron este hábito a España, la teoría divino-conspiranoica se cayó por su propio peso, pero Rodrigo de Jerez no fue liberado hasta 7 años después de su entrada en prisión.

Si éste fue el pionero en lo que al tabaco se refiere, un claro impulsor del mismo fue el respetado médico Nicolás Monardes, quien, absolutamente fascinado por todos los productos que llegaban en los barcos cargados, cultivó una serie de huertos en su hacienda con el propósito de estudiar sus propiedades, y entre ellos, el tabaco y los efectos que tendría en la salud de los mortales. De hecho, su obra más conocida versa sobre el tema, bajo el nombre Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales (1574), la cual fue traducida al latín y al inglés así como editada en varias ediciones. En dicho libro hay un texto dedicado al tabaco y sus virtudes, concentrándose sobre todo en las propiedades de la planta, de la que Monardes defendía como poseedora de múltiples propiedades curativas y por tanto que no sólo servía para decorar y aromatizar los caseríos. Por supuesto que entre estas mágicas virtudes se encuentran la del fumar. Al pasaje en que lo menta me remito:

"En pasiones de pecho hace esta yerba maravillosa obra, en especial en los que echan podres y materia por la boca y en asmáticos y otros males antiguos; haciendo de la yerba cocimiento y açúcar hecho xarabe y tomado en poca cantidad, hace expeler las materias y pudriciones del pecho maravillosamente. Y tomando el humo por la boca hace echar las materias del pecho a los asmáticos".

Pero probablemente el párrafo que mejor defina lo que se pensaba del tabaco, sea el siguiente, en el que básicamente, se dice que el trabajo ayuda a descansar rematando a quien ya de por sí está muerto de trabajar para el virrey como esclavo en las minas:

Indios fumando.
"Usan los indios de nuestras Indias Occidentales del tabaco para quitar el cansancio y para tomar alivio del trabajo que, como en sus arreitos o bailes trabajan y se cansan tanto, quedan sin poderse menear, y para poder otro día trabajar y tornar a hacer aquel desatinado exercicio, toman por las narices y boca el humo del tabaco y quedan como muertos, y estando así descansan de tal manera que, cuando recuerdan, quedan tan descansados que pueden tomar a trabajar otro tanto, y así lo hacen siempre que lo han menester; porque con aquel sueño recuperan las fuerzas y se alientan mucho."


El resto de la defensa del tabaco que hace Nicolás Monardes lo podéis leer aquí

Así que, paradójicamente, lo que mal empezó con un señor encarcelado durante 7 largos años por expulsar lo mismo que el demonio por la boca, acabó instaurándose, por orden de Felipe II, que por lo visto se aficionó y demandó por consiguiente poder echarse sus ducados mañaneros sin tener que esperar a que llegase el recadero de las Indias. En 1559 llegaron las primeras semillas de tabaco, que, como curiosidad, se plantaron en la región de los Cigarrales, cerca de Toledo, que respondía a tal nombre porque eran frecuentes las plagas de cigarras. Y como el lector de todo habrá deducido, por eso se les llamó cigarros a la hoja de tabaco liada. Eran tiempos de descubrir cosas nuevas, de vencer día sí día también al gabacho, pero cuando se empezó a concienciar a la gente de que fumar era malísimo para la salud, a partir de la segunda mitad del siglo XX, con las campañas antitabaco, se vio que era el principio del fin. Esperemos que este fin, cuando quiera que acontezca, no acabe con decenas de fumadores encerrados por la Santa Inquisición, no por nada, sino porque habrá que reconocer que Los Monty Python tenían razón, nadie espera a la Inquisición Española.

Pero esa es otra historia.

2 comentarios:

  1. cagoenlalesshe@cobrareal.com21 de noviembre de 2013, 18:57

    muy buena historia caballerete!

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